Buscaba un pedacito de playa para conectarme con mi propia alma, lejos de la rapidez de la vida, y lo encontré muy cerca de Mazatlán, en un lugar que pocos turistas han pisado. Las labradas es una zona arqueológica bañada por el océano Pacífico, tan mística como extraña, por sus más de 650 petrograbados, con figuras y propósitos indescifrables.
Este santuario arcaico a la orilla del mar se encuentra en el municipio de San Ignacio, a 40 minutos del ritmo alegre de Mazatlán. El espacio solitario, el silencio que sólo rompen las olas, la playa cubierta de piedras de todos tamaños donde alguien, hace 2 mil años, grabó en ellas espirales (símbolo de vida y renovación en muchas culturas, por cierto), despierta a los visitantes el deseo de apartarnos de los otros, hacer una caminata y descubrir más por cuenta propia.
Las labradas fue declarada Zona de Monumentos Arqueológicos, la primera con este nombramiento en Sinaloa. Es parte del Área Natural Protegida de la Meseta de Cacaxtla.
Hay que fijarse bien por dónde pisa uno entre los espacios angostísimos de estas piedras grises, consecuencia de la erupción de un volcán extinto, el Tapasquiahui. En cada una se van descifrando esos dibujos. Se piensa que surgen de la cosmovisión de la cultura local, de los de Aztlán. Son figuras de trazos sencillos, algunas difíciles de comprender. De repente se ven formas geométricas, de animales, plantas y seres irreales.
La posición geográfica es clave para entender su misticismo. Este conjunto de piedras está localizado justo en el Trópico de Cáncer. Según el arqueólogo, Víctor Santos, la cercanía con el mar permite ver el movimiento anual del sol que se va del extremo norte, durante el solsticio de verano, y regresa al sur en el invierno.
No es casualidad que los aztlanes hayan hecho aquí un santuario para observar este fenómeno. Fue un centro ceremonial que honra a la naturaleza y demuestra la relación espiritual de los antiguos habitantes con el entorno, misma vibra que hasta los escépticos logramos percibir aún.
Me sorprendo al encontrar las imágenes de un zorro, un pelícano, un gusano (o lagartija). Más allá, descubro otros grabados de forma humana. A algunos de estos les añadieron líneas verticales sobre su cabeza. Me recuerdan los trazos de los niños, con puros palitos. Esos destellos o líneas, según se explica en el museo de sitio, les dan el rango de dioses, que fueron invocados por medio de estas rocas. Pues se cree que los grabados fueron mensajes dirigidos a ellos.
Víctor Santos duda un poco de esta teoría. Dice que la cultura de Aztlán antecede a la prehispánica y que ésta no creía en deidades. Ese resplandor es el significado de que los humanos eran parte de un todo y por lo mismo eran divinos también.
Observo soles, también, líneas ondulantes y círculos labrados, que se cree son representaciones solares y acuáticas. El símbolo más importante es la espiral, que fundamenta la teoría espiritual de los habitantes. Para los antropólogos esta puede indicar movimiento, orientación astronómica, ciclón y tormenta. Víctor piensa que por la ideología de los aztlanes podría significar renovación.
Camino, brinco y un par de veces me tuerzo el pie entre cada piedra. La brisa me refresca por momentos en medio de un calor intenso. Salen al encuentro grandes iguanas, caracoles con caparazones muy pequeños y cangrejos negros, habitantes de estas piedras.
Hay ocho bloques, casi todos labrados y acomodados de manera circular. Por su posición se piensa que este era un punto de reunión importante. Posiblemente aquí hacían rituales dedicados al cosmos, al universo, dice Víctor. Un pequeño pozo hecho en una de las rocas indica que tal vez depositaban en él semillas o agua, como ofrenda, en época de sequía.
Dos círculos tallados forman, a mi parecer, el estómago de un ser de cuello largo, sobre su cabeza hay dos antenas. Uno de ellos parece cargar un escudo, tal vez es un guerrero.
Se lanzan las hipótesis, también las fantasiosas. Se habla de la presencia de ovnis en este lugar y de la comunicación que tenían sus habitantes con extraterrestres. Víctor, receloso, lo niega.
Eso sí, no hay suficientes hallazgos que den una respuesta concreta a este tipo de figuras. Las labradas es una zona que apenas se está investigando por lo que no se pueden afirmar aún los significados de los grabados.
Víctor explica que es falsa la idea de que este santuario fue fundado por toltecas. Dice que los aztlanes anteceden a esta cultura.
El sol me agota. Me siento sobre una de las piedras que, a pesar de estar expuestas al sol y a las olas, conservan los dibujos hechos con cincel y pulido de arena. El cielo despejado se adorna con bandadas de gaviotas, tijeretas y pelícanos. Este lugar invita a la meditación.
Me entero que para evitar este calor sofocante y obtener mejores fotos del paisaje, lo mejor es venir entre cuatro y siete de la tarde.
El museo, rústico y pequeño, muestra puntas de lanzas, vasijas, collares y sellos encontrados recientemente cerca de aquí, con 4 mil años de antigüedad. En la entrada se pueden solicitar visitas guiadas, que son gratuitas, y se pueden comprar piedras de río con grabados pintados.
(Fuente: El Universal)





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